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Gijón a 12 de Febrero de 2012
(5ª entrega)

He llegado a un parque cercano y he dejado caer mi complicado cuerpo sobre los gastados listones de astillada madera que forman su estructura. No reparo en si está limpio o sucio. Si tiene restos de excrementos de algún pájaro o si se le podría hacer la prueba del algodón. Me da igual como esté. Todo eso no importa ahora. En este momento lo único que importa es el tener un sitio en el que dejarme caer para reposar cuerpo y mente durante unos minutos. Me siento y estiro las piernas hasta la mitad del estrecho camino y tumbo la cabeza hacia atrás; con los ojos cerrados y la boca abierta intento darle un bocado a la vida; Tic, tac, pasa el tiempo. Tic, tac, y no espera por nadie. Tic, tac, es una cinta transportadora que no se para y que engulle al que no es capaz de seguir su ritmo. Respiro lenta y profundamente para oxigenar hasta la última de las células de mi vida. Intento reponerme para que no me trague la cinta. Necesito unos minutos más. No importa. Ahora son las manos las que se encargan de sujetar la aturdida cabeza que se ha venido hacia delante; con los codos clavados en los muslos que han recogido las piernas hacia atrás.
 
Tengo a mis dedos recorriendo el contorno de los ojos y acariciando el áspero cutis sin afeitar y lleno de cortes y heridas, a la vez que alguno de estos despistados dedos juguetea con el flequillo carbonizado por las llamas. Habrán pasado cinco, diez, o quizás 20 minutos. No lo sé. Después del estado de agitación tan grande que había vivido durante la tarde, en este momento estaba entrando en un estado de relajación tal, que casi me quedo dormido en aquello que en alguna ocasión llegó a ser un banco. Aquí sólo hay oscuridad, silencio y tranquilidad. El esporádico ruido de los coches se intuye detrás de los altos árboles, justo al otro lado del parque. A estas horas el reloj ya ha mandado a cada uno a guardarse a su casa y el estado de soledad a tomado las calles y parques. Estoy solo frente a la soledad de la noche.

Gijón a  23 de Febrero de 2012
(6ª entrega)

El sol había huido hacía tiempo, aunque con tanto ajetreo, ni siquiera había reparado en su ausencia, y con ella, la temperatura iba a gatas por el césped. No había un alma por allí, y tampoco parecía que fuera un lugar seguro para estar, aunque después de lo pasado hacía unas horas, cualquier otro avatar negativo sería mera anécdota. Estaba en un parque con una gran arboleda entrelazada por un universo de caminos que parecían colocados para no encontrar la salida en un laberinto; caminos de tierra y gravilla de los que amplifican las pisadas de uno mismo según la noche se va comiendo al día. No se veía apenas a un par de patadas de allí. Hacia un lado se veía un desfile de farolas que acompañaban el lejano paseo, y hacia el otro lado la luz se convertía en la nada más absoluta. Espera. ¿Qué es ese sonido? Muevo la cabeza hacia el lugar del que parece que viene, como queriendo orientar así mis oídos. ¿Qué es aquello?, mejor dicho ¿Quién anda por ahí?.

 

 Como de la penumbra va perfilándose una figura humana que parece que viene en esta dirección. Cada vez se oyen más fuertes las pisadas que acompañan a la atrevida silueta que cruzaba el parque a esas complicadas horas, en las que casi todo lo bueno ya se haya a buen recaudo. Pisadas acompasadas con una cadencia estudiada. Pisadas de una chica que al fin se deja ver entre los enmudecidos árboles que vigilan. Es una chica que viste ropa deportiva y que está retando a su suerte pasando por ese tétrico lugar. Viene hacia mí, trotando, envuelta en una sudadera roja con capucha y unos pantalones deportivos cortos de color negro. Tiene el pelo amarrado en una cola y va con una cinta en el pelo de color negro, y la capucha juega con su coleta para ver quien llega más alto. Recojo las piernas para dejar libre el estrecho camino, para que pase sin tener que rodearlas. Ya está aquí, lleva unos auriculares blancos de algún tipo de dispositivo musical con cable blanco que se pierde a la entrada de uno de los bolsos de la sudadera. Pasa a mi lado sin quitarme ojo, ni yo a ella. No se detiene ni nos saludamos. Simplemente el lenguaje de las miradas, y pasa sin más. Yo la sigo con la mirada mientras ella sigue corriendo. Sigue corriendo y de repente se detiene, se quita los auriculares y se gira decidida mirando hacia donde yo continúo sentado. Viene otra vez hacia aquí, pero esta vez caminando y se detiene enfrente de mi. ¿Necesitas ayuda? – Preguntó mirándome con cara de preocupación. Yo le contesto que no lo sé. Ella sigue de pie observando mi preocupante aspecto y yo la miro con cara de pedir un S.O.S.

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Comentarios

22.12 | 04:47

esta pagina no tiene nada para divertirte jajajaja

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04.12 | 01:28

¡Adelante campeón! Veo que vas tomando velocidad. En nada tienes tu columna diaria en El Comercio

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17.10 | 20:41

¿Por qué no te presentaste al premio Nadal? ¿Quién es ese Lorenzo Silva?

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27.02 | 10:23

Animo Alberto! una nueva etapa empieza! a ver si vemos pronto la cara de ese libro!:)

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